Desintoxicación

Se supone que ya no te importa. Que ya no te duele. Pero te sorprendes a ti misma fantaseando sobre cómo sería un encuentro fortuito con él. Cómo te gustaría que te viese, en qué circunstancias, en qué momento y lugar. Cuál sería su reacción. Te sorprendes a ti misma sacándole a relucir en casi cualquier tema de conversación, con cualquier excusa. Intentas dar una imagen externa de despreocupación, de superación, de fuerza. De cicatrización. Sin marcas. Pero internamente sabes que esas heridas distan mucho de estar curadas. Sangran. A diario.

Te sorprendes escribiendo su nombre en Google a ver qué sale, o cotilleando en los foros que frecuenta, yendo a los bares que suele visitar. Interrogando veladamente a vuestras amistades comunes sobre cómo -y con quién- le van las cosas. Intentas saber si él también pregunta por ti, también te busca, también te "espía" en la distancia y en el anonimato. Rabias por dentro si te enteras de que no es así. Quieres que sufra lo que tú sufres, que su dependencia sea como tu dependencia, porque ésa es la palabra: DEPENDENCIA. Todavía no te has curado, todavía podrías perdonar, porque todavía no odias. Porque todavía no ignoras. Porque todavía no olvidas. Estás intoxicada. Eres dependiente.

¿La culpa es de la sustancia -él- o de la adicta -tú-? Es una pregunta para la que no tengo respuesta... ¿acaso él hace algo para avivar esa dependencia? ¿O eres tú, en tu fuero interno, quien es incapaz de dejar de buscarle, de dejar de fantasear? Una sustancia sólo manda sobre el cuerpo o la mente cuando es ingerida, cuando se tiene al alcance de la mano... pero "el mono" lo genera el propio cuerpo, la propia mente, ante la ausencia de esa substancia...

Desintoxicarse. Atarse las manos para no coger el teléfono y llamarle tontamente con número oculto, sólo para escuchar su vozo. O llamar con tu número y puerilmente dejarl el teléfono descolgado para que escuche qué bien te lo pasas... Desintoxicarse. Dejar de dar un rodeo innecesario en el metro o el bus sólo para tener una excusa para pasar por la estación o la parada de su casa y estirar el cuello a ver si le ves, furtivamente. Desintoxicarse. Dejar de frecuentar sitios que frecuenta, amistades que sólo te aportan esa dosis de información que se convierte en un sustituto de él... metadona para el mal de amor.

Tiempo. A veces ni siquiera eso. Porque hay heridas que son como esas llagas en la boca de las que ya hablé una vez... ésas llaguitas en las encías que, pese a que duelen, no puedes evitar querer acariciar dolorosamente con la lengua una y otra vez, perpetuando su dolor y evitando su completa curación. Masoquismo sentimental. Qué malo es.

Puede que tu herida no cicatrice nunca y se quede en llaga. Puede que cicatrice y se quede en recuerdo de ésos que no tienes salvo que, distraidamente y por puro azar, rozas su relieve y recuerdas lo dolió en su momento, sin mayor importancia, sin revivir aquél dolor.

Pero sea como sea, por muchos estragos que esa droga haga en tu corazón, ya sea herida viva o cicatriz muerta, debes salir adelante. Desintoxicarte.

Porque a él no le duele. A él no le dueles. No le importas.

Asúmelo: la droga y el amor fallido no se destruyen. Buscan otra víctima. Y de las otras se olvidan.

2 comentarios:

Alejandro Valdezate dijo...

¿Quien no ha pasado al menos una vez en su vida por eso?

Hugo Francisco Hernández dijo...

Creo que hay sustancias a las que siempre uno va a ser adictivo y si uno las deja, de una u otra forma la vida te llevará a volver a ingerirlas. Aunque sea en pequeñas cantidades.